[Reseña literaria] Los Subterráneos: locos de amor, locos de poesía. Por Pepa Durán

Los Subterráneos, Jack Kerouac.

“Brindemos por los locos, por los inadaptados, por los rebeldes, por los alborotadores, por los que no encajan, por los que ven las cosas de una manera diferente. No les gustan las reglas y no respetan el statu-quo”, decía Jack Kerouac en On the road (traducido al español como En el camino), un exitazo de libro publicado en 1953 y que fue prácticamente el manifiesto de la generación Beat. Se trata de los demenciales viajes de sus protagonistas (todas proyecciones de Kerouac y sus amigos), bañadas de alcohol, sexo, drogas y en medio de una brillante fotografía del EEUU profundo de la época; ese más genuino, alejado de los grupos de poder, más espontáneo, sin reservas, pero también lleno de incertidumbres y desconsuelo.

Y para superar un libro de culto como este, sólo te queda escribir una maestría.

Es exactamente lo que vino después de On the road.

Porque Los subterráneos es una maestría. 

Esta semana Jack Kerouac cumpliría ciento tres años de edad, sin embargo, murió apenas a los cuarenta y siete. ¿Cuánto más podría haber escrito Kerouac? ¿Cuántas maestrías como Los subterráneos se desvanecieron con su muerte? 

LOS SUBTERRÁNEOS

Excesos, frenesí, vehemencia, vida bohemia, hastiada, errante y noctívaga en la Nueva York de los años 50. Un entrelazado que rastrea libertad y certeza, mezcla entre ruptura, soledad e incomunicación, amor loco, delirante. Un Kerouac más frenético y fluido que nunca, una generación perdida escudriñando en su ubicación dentro del cosmos. 

Más o menos eso es Los subterráneos.

Hace años atrás, mientras lo leía, me enteré de eso que dicen: que Kerouac escribió en un “inimitable estilo sincopado” que, en síntesis, confiere a la voz humana todas las capacidades y posibilidades de un instrumento musical; una voz poética oral que al ser trasvasada a la escritura alterna frases cortas y largas, se detiene en momentos clave y utiliza intervalos inesperados para crear un ritmo dinámico y sugerente. Es más o menos lo que llaman Spoken Word (literalmente “palabra hablada”), una forma de expresión en la que se fusiona poesía, música y actuación. En Kerouac esto es la influencia del jazz y la espontaneidad que define al movimiento Beat: «Escribir sin pensar, escribir sin borrar, escribir sin juzgar». Harto bop, prosa espontánea, improvisada y poética, y harta filosofía y existencialismo al estilo Dostoievski, Nietzsche o Blake.

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UNA DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

Los subterráneos es una novela corta publicada en 1958. Un relato semi experiencial, semi ficticio, semi realista, semi auto ficcionado y tiene mucho de ese romanticismo bien poco romántico; más bien extraño, de amor loco y dramático, ilusorio, proyectivo, inspirado en su efímero romance con Alene Lee, una mujer afroamericana que Kerouac conoció en el verano del cincuenta y tres. Aquí Alene es nominada «Mardou Fox» y es descrita como una mujer libre que marcha por los clubes de jazz y los bares del naciente ambiente beat de San Francisco. 

Con todo, aunque una delirante y sobrecogedora historia de amor es el hilo que conduce el relato, esto es mucho más: es un estado de ensoñación nocturna, fascinación y locura, con desvaríos y anhelos improbables empujados especialmente por estados tóxicos y adictivos, medios febriles incluso. ¿Qué es lo más increíble que puedes agradecer a este librazo? Que es una declaración de principios: «Los subterráneos es la literatura del dolor, una negación constante, un rechazo absoluto a cualquier acuerdo con una sociedad burguesa». Así lo define Kerouac. Y, en el fondo, se define también a sí mismo en todo el texto, en su alter ego, Leo Percepied, que es quien da espesor al relato, habitando entre realidad y deseo.

LO OTRO LEGÍTIMO

Pero más aún, agradeces la urgencia y la franqueza con que Kerouac aborda cuestiones como el apego, la hermandad, la amistad, la melancolía y el abandono, y la exploración de lo inmaterial, lo místico, la subjetividad, lo incorpóreo. Esta es una novela atrevida y fresca que te pone al límite entre lo marginal, lo rebelde y la confrontación. Y para ello, Kerouac dota al lenguaje de crudeza y direccionalidad, lo estruja, lo arquea, le da riqueza y variedad textual. Kerouac disfruta el hecho mismo de escribir en un relato que se traza desde lo otro también legítimo que, aunque lícito, es distinto a la licitud de la historia.

Es como asistir a un taller de escritura creativa. Te deja cargado, en una detonación inventiva fascinante. Kerouac, maestro.

Por Pepa Durán, de @aqui.se.lee

Magister en Lengua y Literatura Hispánica, Universidad de Valencia.

Magister en Educación, Universidad Católica de Chile.