Emilio González de Taller Satori: «cuando me siento a dibujar todo comienza de nuevo»

Emilio González (33) dibuja desde niño, cuando replicaba los animé que daban en la TV abierta chilena de los ’90 en sus propios cuadernos. Así partieron muchos dibujantes e ilustradores. El camino tradicional de los estudios lo llevó hasta la escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso apenas terminó el colegio. Duró tres años, pero le sirvió para aprender a dibujar con sentido espacial y de perspectiva. Emilio transitó en la búsqueda del propósito de su empeño por dibujar y ese caminó derivó en Satori. Ese es un término del budismo zen que refiere a una experiencia de iluminación espontánea y que adoptó con el correr del tiempo.

Al dejar la carrera de arquitectura se inclinó por las artes propiamente tales. Terminó volviendo a Osorno y a dedicarse a dibujar hace algunos años. «Fue un proceso largo, estoy hablando de más de diez años», explica. Tomó algunas clases con el aclamado pintor osornino Raúl Paredes del que rescata sus técnicas y formatos de mayor tamaño al que acostumbraba. Así fue probando, dibujando y pintando, por su cuenta y con maestras como Jeannette De la Jara. Hasta que Emilio formó su taller en su casa en Rahue Alto, lo llamó Taller Satori.

Allí tiene su espacio personal de trabajo en el que, dice, inicia cada proyecto con la mente abierta al aprendizaje. Ese camino constante lo hizo suyo de las filosofías orientales de las que ha tomado elementos y formas de vida. «Cuando uno se las sabe todas empieza a obviar, empieza a no ver cosas nuevas. Y el ojo y la mente se van atrofiando», precisa. Con la acumulación de dibujos, en diversos estilos y formatos, logró renir material suficiente para tratar de comercializarlos. «A la gente le empezó a llamar la atención mi trabajo. Eran cosas innovadoras que salían un poco del molde de lo que la gente pensaba que era el arte», asegura.

Exponer

Las influencias de Emilio Satori van desde el expresionismo, las vanguardias de principios del siglo XX, el dadaísmo, surrealismo, cubismo, futurismo hasta el Japón tradicional. «Los grabados de Ukiyo-e, (Katsushika) Hokusai, que es un artista que me gusta mucho. Pero también me gusta mucho, no sé, Van Gogh, Gauguin, Monet. Siento que estoy dentro de esa escuela igual», plantea. Con esos trazos marcados de ciertas formas en su propia obra, pudo acceder a exponer en la Casona de la Alianza Francesa a fines de 2022.

«Expuse más de cincuenta obras distintas, en distintos tipos de técnicas, grafito, pastel, lápiz pasta, digital, carboncillo, acuarela, óleo, etc. Con mucho lenguaje integrado en la misma exposición, distintas etapas de aprendizaje. Mostré un abanico amplio de las cosas que venía trabajando. Después de eso retomé clases con Inés De la Jara. Tenía que aprender ciertas cosas técnicas que eran necesarias para que me desarrollara mejor como artista, más profesional. Desde ahí es que he estado aprendiendo el pastel seco, el realismo, a componer colores, luz y sombra. Estoy bien satisfecho con lo que tengo», recuerda.

¿Por qué dibujas?

Yo cuando me siento a dibujar todo comienza de nuevo. Yo sé dibujar, digamos, pero trato de que parezca esto como si fuera algo nuevo. Hay cosas que uno cuando va dibujando va puliendo y los trazos se van generando de forma automática. Siempre trato de poner la mente en blanco y que se vaya dando sola la cosa. Es un momento de meditación. Yo soy consciente de que cuando uno dibuja quiere lograr un objetivo, pero cuando terminas el dibujo resulta que no es igual a lo que tenías en la cabeza. Hay una transmisión desde el ojo, desde el cerebro, a la mano que no es lineal, no es exacta. Tampoco es que sea algo que sobrepiense demasiado, sino que el papel en blanco es algo difícil de abordar.

«Con ciertos primeros trazos ya se va formando una idea y tratao de que esa idea vaya creciendo y se vaya formando. Por eso a mí me gusta la experimentación también, porque no me quedo solo en lo formal. Trato de que las cosas abstractas también tengan su lugar y lo no figurativo también aparezca. Trato de abrazar todo lo posible, mi conciencia, trato de que todo tenga su lugar en la realidad. Siempre lo importante es hacerlo. Si te sentaste a hacer un dibujo, ojalá terminarlo lo mejor posible y no dejarlo a medias. O no seguirlo mañana, sino que darse el tiempo ese día, una o dos horitas desde que se parte de cero hasta que llegue un resultado final», agrega Emilio Satori.

«Yo trato de no botar los dibujos, a no ser que realmente no me gustara, o que hayan errores muy fundamentales. Siempre trato de guardar los dibujos antiguos, porque después viéndolos en retrospectiva, ves tu estado emocional, tu estado mental de ese momento. Es como cuando uno ve una foto de cuando era niño, a algunos le da vergüenza, otros se ríen, otros le da alegría. Quizás no te gustaba el corte de pelo, esto o lo otro, pero en el fondo eras tú. Yo siento lo mismo con el dibujo. Uno tiene que ser respetuoso con uno mismo. Hay miles de cosas, procesos mentales, que han pasado en uno, pero todos son válidos. No hay que mostrar solo lo mejor», remata.

¿Expresas todo lo que sientes? ¿O hay cosas que no has dibujado?

Me gusta mostrar la belleza de la gente, del pueblo, de los jóvenes, de las mujeres, tratar de darle ese lado bonito. También me gustan harto los rasgos de los chilenos en general, o sudamericanos. También abordo lo podrido, lo feo, lo insano, pero no lo hago según un canon que ya está escrito. Trato de hacerlo por mí mismo. Para mí, no sé, quizás una calavera no signifique lo mismo que para otra persona. El dolor, el sufrimiento, la ansiedad, el miedo, están manifestados en formas que yo quiero mostrar.

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¿Cuál es tu concepto de lo que es ser artista? ¿te sientes uno?

A mí personalmente, como experiencia, quizás en un momento me daba miedo ser lo que soy. Y yo creo que muchas personas no suelen autorreconocerse y ponerse una etiqueta cuesta. Pero yo llegué en un momento a darme cuenta que era lo que yo soy nomás. Que no tenía por qué avergonzarme de lo que soy. Y cuando logré entender eso, me sanó mucho. Me sanó mucho mi cabeza. A veces hay muchas trabas que te meten en el sistema de uno no querer ser lo que realmente es y no sentirse lo suficientemente valorado por lo que uno es.

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«El artista tiende a pensarse que son los grandes genios de la historia o son personas de una clase social alta o que son gente que depende de otros y vive. Y nada que ver, no tiene que ver con eso. Tiene que ver con las cosas que uno piensa, con las cosas que uno va sintiendo. Y yo creo que para mí fue saludable sentirme artista. Ahora que el resto me reconozca o no, le guste o no lo que yo haga, es un tema aparte. Cada uno con su nombre, uno se dice grafitero, otro se dice muralista, otro se dice grabador, otro se dice dibujante. Para mí todos esos nombres son válidos. El artista es todo eso y también mucho más. No es malo creérsela», asume Emilio Satori.

El taller

Emilio González estableció Taller Satori en Parinacota #1959, Rahue Alto, Osorno. «Mi proyecto al principio era que la gente fuera y conociera mi espacio. Para que me acompañen y sientan que ese espacio está abierto para la comunidad. Cualquier persona que le interese, ya sea aprender, ver, hacer algún tipo de reunión, que vaya. Espero que sea un espacio más colaborativo de lo que ha sido de momento, que se abra y pueda llegar más gente», dice.

Espera hacer más clases y talleres de pintura y dibujo en su espacio. «Yo quiero enseñarle a la gente mi método propio. Igual yo he pasado por universidades, distintas escuelas, me he perfeccionado con artistas más profesionales que yo. Quiero hacer mi propio método y tratar de explicar estas cosas que van un poco más allá del arte. Que engloban cosas filosóficas o medio espirituales, que tienen que ver con un camino de vida. Cualquier persona que se crea el cuento, quiera aprender y esté dispuesta a explorar los rincones de su cabecita, por mí está bien», especifica.

«Para mí ningún arte está mal, siempre y cuando sea tuyo. Si copio un dibujo no estoy creando algo realmente nuevo, a pesar de que yo lo hice cuando niño. Es un punto de partida también, pero la idea es que uno vaya haciendo su propio mono, porque es tu identidad, es tu forma de ver. A veces la gente del arte que pinta y dibuja son chicos tímidos en general, en algún momento de su vida. Eso dice mucho de ellos. La idea mía es que la persona que aprenda conmigo esté dispuesta a cruzar un cierto límite. A transar que también uno necesita ayuda. Lo importante es no bloquearse y seguir dibujando», cierra.

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